Novelita Laliter

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miércoles, 7 de agosto de 2013

Capítulo 3: "Esta noche"



Novela: "Maravilloso Desastre"
Capítulo 3: "Esta noche"
—Lo  siento…  ¿He  dicho  algo  que  te  ofenda?  —Suspiré  y  negué  con  la  cabeza—.  Entonces,  ¿qué problema tienes?
Mantuve la voz baja.
—No voy a acostarme contigo. Deberías dejarlo ya.
Una sonrisa cruzó lentamente su cara antes de hablar.
—No  te  he  pedido  que  te  acostaras  conmigo.  —Se  quedó  pensando,  mirando  fijamente  al  techo—. ¿Verdad?
—No soy un clon de Barbie o una de tus groupies de allí —le dije mientras echaba un vistazo a las chicas de atrás—. No me impresionas con tus tatuajes, tus encantos o tu indiferencia estudiada. ¿Por qué no dejas ya tus numeritos?
—De acuerdo, Paloma. —Era totalmente inmune a mis cortes—. ¿Por qué no te vienes con Cande esta noche?
Me reí de su petición, pero él se acercó más.
—No intento pillar cacho contigo, solo quiero pasar el rato.
—¿Pillar cacho? ¿Cómo consigues acostarte con alguien si le hablas de esta manera?
Peter se echó a reír, sacudiendo la cabeza.
—Ven y ya está. Ni siquiera flirtearé contigo, te lo prometo.
—Me lo pensaré.
El  profesor  Chaney  entró  pausadamente,  y  Peter  volvió  la  mirada  al  frente  del  aula.  Una  sonrisa esbozada,  que  permanecía  en  su  rostro,  le  marcaba  un  hoyuelo  en  la  mejilla.  Cuanto  más  sonreía,  más ganas tenía de odiarlo y, aun así, eso era precisamente lo que me hacía imposible odiarlo.
—¿Alguien  sabe  decirme  qué  presidente  tenía  una  mujer  bizca  que  padecía  de  feítis  aguda?  —preguntó Chaney.
—Asegúrate de tenerlo apuntado —susurró Peter—, me hará falta para las entrevistas de trabajo.
—¡Shhh! —dije mientras tecleaba cada palabra de Chaney.
Peter sonreía, relajado en su silla. Durante el tiempo que duró la clase, bostezaba o se apoyaba en mi  brazo  para  mirar  la  pantalla.  Traté  de  ignorarlo  con  todas  mis  fuerzas,  pero  su  proximidad  y  los músculos abultados de su brazo me lo ponían difícil. Después, se puso a juguetear con la pulsera de cuero negro de su muñeca hasta que Chaney nos dejó marchar. Salí corriendo por la puerta y atravesé el pasillo. Justo cuando ya me sentía a una distancia segura, Peter Lanzani apareció a mi lado.
—¿Te lo has pensado? —preguntó mientras se colocaba las gafas de sol.
Una chica morena se plantó delante de nosotros, con los ojos como platos y llenos de esperanza.
—Hola, Peter —canturreó, mientras jugaba con su pelo.
Me  detuve,  intentando  esquivar  su  voz  melosa,  y  se  fue  andando  después  de  rodearla. Ya  la  había visto  antes,  hablando  de  manera  normal  en  las  zonas compartidas de  los dormitorios  de  las  chicas: Belen Chavanne. Su tono de voz entonces parecía mucho más maduro y me pregunté por qué creería que a Peter le parecería atractiva esa vocecita de niña. Balbuceó en una octava un poco más alta, hasta que él volvió a ponerse a mi lado.
Después de sacar un mechero del bolsillo, se encendió un cigarrillo y soltó una espesa nube de humo.
—¿Por dónde iba? Ah, sí…, estabas pensando.
Hice una mueca.
—¿De qué estás hablando?
—¿Has decidido si vas a venir?
—Si digo que sí, ¿dejarás de seguirme?
Consideró mi condición y después asintió.
—Sí.
—Entonces iré.
—¿Cuándo?
Solté un suspiro.
—Esta noche. Iré esta noche.
Peter sonrió y se detuvo en seco.
—Genial, nos vemos luego, Palomita.
Doblé  la  esquina  y  me  encontré  a Cande de  pie  con  Pablo ,  fuera  de  nuestro  dormitorio.  Los  tres habíamos  acabado  en  la  misma  mesa  en  la  sesión  de  orientación  para  los  estudiantes  de  primer  año,  y sabía que sería la tercera rueda de nuestra bien engrasada máquina. No era excesivamente alto, pero aun así  superaba  mi  metro  sesenta  y  pico.  Tenía  unos  ojos  redondos  que  compensaban  sus  rasgos  finos,  y normalmente llevaba el pelo decolorado peinado con una cresta hacia delante.
—¿Peter Lanzani?  Por  Dios, Lali,  ¿desde  cuándo  te  aventuras  por  aguas  tan  peligrosas?  —dijo Pablo con mirada de desaprobación.
Candela se sacó el chicle de la boca formando un largo hilo.
—Si intentas ahuyentarlo solo vas a empeorar las cosas. No está acostumbrado a eso.
—¿Y qué me sugieres que haga? ¿Acostarme con él?
Cande se encogió de hombros.
—Ahorraría tiempo.
—Le he dicho que iría a su casa esta noche.
Pablo y Cande intercambiaron miradas.
—¿Qué?
—Me prometió que dejaría de darme la lata si decía que sí. Tú estarás en su casa esta noche, ¿no?
—Pues sí —dijo Cande—. ¿De verdad vas a venir?
Sonreí, y los dejé para entrar en los dormitorios, preguntándome si Peter haría honor a su promesa de  no  flirtear  conmigo.  No  era  difícil  calarlo;  o  bien  me  veía  como  un  reto  o  como  lo  suficientemente poco atractiva como para ser una buena amiga. No estaba segura de qué opción me molestaba más.

Cuatro horas después, Cande llamó a mi puerta para llevarme a casa de Agus y Peter. Cuando salí al pasillo, no se contuvo.
—¡Puf, Lali! ¡Pareces una sin techo!
—Bien —dije, sonriendo por mi conjunto.
Llevaba el pelo recogido en la parte superior de la cabeza en un moño descuidado. Me había quitado el  maquillaje  y  me  había  cambiado  las  lentillas  por  gafas  de  montura  negra  rectangular.  Llevaba  una camiseta raída y pantalones de chándal, y andaba con un par de chanclas. Unas horas antes se me había ocurrido que lo mejor, en cualquier caso, era ir lo menos atractiva posible. Si todo iba según lo previsto, las ansias de Peter se calmarían al instante y dejaría a un lado su ridícula persistencia. Si buscaba ser mi colega, seguiría siendo demasiado joven para dejarse ver conmigo.
Cande bajó la ventanilla y escupió el chicle.
—Está  tan  claro  lo  que  haces…  ¿Por  qué  no  te  revuelcas  directamente  en  mierda  de  perro  para completar tu vestimenta?
—No intento impresionar a nadie —dije.
—Obviamente.
Nos detuvimos en el aparcamiento del complejo de apartamentos de Agus,  y seguí a Cande hasta las escaleras. Agus abrió la puerta y se rio cuando entré.
—¿Qué te ha pasado?
—Intenta estar poco impresionante —dijo Cande.
Cande  siguió  a  Agus a  su  habitación.  La  puerta  se  cerró  y  me  quedé  sola;  me  sentía  fuera  de lugar. Me acomodé en el sillón reclinable que estaba más cerca de la puerta y me quité las chanclas. Estéticamente,  su  apartamento  era  más  agradable  que  el  típico  piso  de  solteros.  En  las  paredes estaban colgados los predecibles pósteres de mujeres medio desnudas y letreros de calles robados, pero estaba limpio, los muebles eran nuevos y no olía ni a cerveza putrefacta ni a ropa sucia.
—Ya iba siendo hora de que aparecieras —dijo Peter, mientras se dejaba caer en el sofá.
Sonreí, me subí las gafas sobre la nariz y esperé a que él se burlara de mi aspecto.
—Cande tenía que acabar un trabajo.
—Hablando de trabajos, ¿has empezado ya el de Historia? —Mi pelo enmarañado ni siquiera le hizo pestañear, y fruncí el ceño por su reacción.
—¿Tú sí?
—Lo he acabado esta tarde.
—No hay que entregarlo hasta el miércoles que viene —dije, sorprendida.
—Pues yo acabo de rematarlo. ¿Qué dificultad hay en un ensayo de dos páginas sobre Grant?
—Supongo  que  yo  lo  dejo  todo  para  el  último  momento  —admití,  encogiéndome  de  hombros. —Probablemente no lo empiece hasta el fin de semana.
—Bueno, si necesitas ayuda, no tienes más que decírmelo.
Esperé a que se riera o diera alguna señal de que estaba bromeando, pero lo decía con sinceridad.
Levanté una ceja.
—¿Tú vas a ayudarme con ese artículo?
—Tengo un sobresaliente en esa asignatura —dijo él, un poco ofendido por mi incredulidad.
—Tiene  sobresalientes  en  todas  sus  asignaturas.  Es  un  puñetero  genio.  Lo  odio  —dijo  Agus, mientras conducía a Cande al salón de la mano.

Observé a Peter con una expresión de duda y levantó las cejas.

Continuará...

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martes, 6 de agosto de 2013

Capítulo 2: "Paloma"



Novela: "Maravilloso Desastre"
Capítulo 2: "Paloma"
Al  día  siguiente,  Agustín y Candela comieron  conmigo.  Yo  tenía  toda  la  intención  de  sentarme  sola, pero, a medida que los estudiantes empezaron a llenar la cafetería, tanto los compañeros de fraternidad de  Agus como  los  del  equipo  de  fútbol  ocuparon  las  sillas  a  mi  alrededor. Algunos  de  ellos  habían estado en la pelea, pero ninguno mencionó mi experiencia al borde del cuadrilátero.
—Agus —llamó una voz de paso.
Agus asintió con la cabeza; Cande y yo nos dimos la vuelta y vimos a Peter mientras tomaba
asiento  al  final  de  la  mesa.  Dos  exuberantes  rubias  de  bote  con  camisetas  de  Sigma  Kappa  lo  seguían.
Una de ellas se sentó en el regazo de Peter, mientras que la otra se sentó junto a él y aprovechó para
toquetearle la camisa.
—Me están entrando ganas de vomitar —murmuró Cande.
La rubia del regazo de Peter se volvió hacia ella.
—Te he oído, guarra.
Cande agarró su bocadillo, lo lanzó al otro lado de la mesa y estuvo a punto de alcanzar la cara de la chica. Antes de que esta pudiera decir una palabra más, Peter relajó las rodillas y la mandó directa al suelo.
—¡Ay! —chilló ella, levantando la mirada hacia Peter.
—Candela es amiga mía. Tendrás que buscarte otro regazo, Pau.
—¡Peter! —gimió la chica mientras se ponía de pie.
Peter volvió su atención al plato, ignorándola. Ella miró a su hermana y resopló, luego las dos se fueron cogidas de la mano. Como si nada hubiese pasado, Peter le guiñó el ojo a Cande y engulló otro bocado.  Fue  entonces  cuando  me  di  cuenta  de  un  pequeño  corte  en  su  ceja.  Intercambió  miradas  con Agus y después se puso a hablar con un chico del equipo de fútbol que tenía enfrente.
Cuando la mesa se despejó, Cande, Agus y yo nos quedamos a hablar sobre los planes para el fin de semana. Peter se levantó para irse, pero se detuvo en la cabecera de nuestra mesa.
—¿Qué? —preguntó Agus en voz alta, llevándose una mano al oído.
Traté de ignorarlo todo lo que pude, pero, cuando levanté la mirada, Peter tenía los ojos clavados en mí.
—Ya la conoces, Peter. ¿Te acuerdas de la mejor amiga de Cande? Estaba con nosotros anoche —dijo Agus.
Peter me sonrió con la que supuse que debía de ser su sonrisa más encantadora. Rezumaba sexo y rebeldía con su pelo corto y castaño y los brazos tatuados, y yo puse los ojos en blanco frente a su intento de seducción.
—¿Desde cuándo tienes una mejor amiga, Can? —preguntó Peter.
—Desde tercero de secundaria —contestó ella, apretando los labios mientras sonreía hacia mí.
—¿No te acuerdas, Peter? Le estropeaste la chaqueta.
Peter sonrió.
—Estropeo mucha ropa.
—Asqueroso —murmuré.
Peter giró la silla vacía a mi lado y se sentó, apoyando los brazos delante.
—Así que tú eres Paloma, ¿eh?
—No —dije bruscamente—, tengo un nombre.
El modo en que me dirigía a él parecía divertirlo, y eso solo hizo que me enfadara más.
—¿Ah sí? ¿Y cuál es? —preguntó.
Lo ignoré y di un mordisco al último trozo de manzana que me quedaba.
—Entonces te llamas Paloma —dijo, encogiéndose de hombros.
Miré a Candela y luego me volví hacia Peter.
—Oye, estoy tratando de comer.
Peter respondió al desafío que le había lanzado poniéndose más cómodo.
—Me llamo Juan Pedro. Mejor Peter Lanzani
Puse los ojos en blanco.
—Sé quién eres.
—Lo sabes, ¿eh? —dijo Peter, levantando la ceja herida.
—No te hagas ilusiones. Es difícil no enterarse cuando hay cincuenta borrachos gritando tu nombre.
Peter se incorporó un poco.
—Eso me pasa a menudo.
Volví a poner los ojos en blanco y Peter se echó a reír.
—¿Tienes un tic?
—¿Un qué?
—Un  tic.  Tus  ojos  no  dejan  de  dar  vueltas.  —Se  rio  de  nuevo  cuando  lo  fulminé  con  la  mirada—.Aunque  lo  cierto  es  que  tienes  unos  ojos  alucinantes  —dijo,  inclinándose  a  escasos  centímetros  de  mi cara—. A ver… ¿De qué color son? ¿Grises?
Bajé  la  mirada  al  plato,  dejando  que  los  largos  mechones  de  mi  pelo  color  castaño  formaran  una cortina entre nosotros. No me gustaba cómo me hacía sentir al estar tan cerca. No quería ser como todas esas  chicas  de  Eastern  que  se  ponían  coloradas  en  su  presencia.  No  quería  que,  de  ninguna  manera, tuviera ese efecto sobre mí.
—Ni lo sueñes, Peter. Es como si fuera mi hermana —le advirtió Candela.
—Cariño —dijo Agus—, acabas de decirle que no lo haga. Ahora no va a parar.
—No eres su tipo —continuó ella, ignorando a su novio Agus.
Peter fingió estar ofendido.
—¡Soy el tipo de todas!
Miré hacia él y sonreí.
—¡Ah!  Una  sonrisa. Al  final,  no  seré  un  cabrón  de  cojones  —dijo  guiñando  un  ojo—.  Ha  sido  un placer conocerte, Paloma.
Dio una vuelta alrededor de la mesa y se inclinó hacia el oído de Candela.
Agus le lanzó una patata frita a su primo.
—¡Aparta tus labios de la oreja de mi chica, Peter!
—¡Solo estoy estableciendo contacto!
Peter retrocedió, con las manos arriba y gesto inocente. Unas chicas lo siguieron, soltando risitas y pasándose los dedos por el pelo para llamar su atención. Él les abrió la puerta y ellas casi chillaron de placer.
Candela se echó a reír.
—Oh, no. Estás en apuros, Lali.
—¿Qué te ha dicho? —pregunté, desconfiada.
—Quiere que la lleves a casa, ¿verdad? —dijo Agus.
Candela asintió y él negó con la cabeza.
—Eres una chica inteligente, Lali. Ahora bien, si caes en su puto juego y acabas cabreándote con él, no la pagues conmigo o con Cande, ¿vale?
Sonreí.
—A mí no me pasará, Agus. ¿Acaso me has tomado por uno de esos clones de Barbie?
—No, a ella no le va a pasar —le aseguró Cande, tocándole el brazo.
—No sería la primera vez, Can. ¿Sabes cuántas veces me ha jodido las cosas por acostarse con la mejor  amiga  de  alguien?  De  pronto  salir  conmigo  es  un  conflicto  de  intereses,  ¡porque  sería confraternizar con el enemigo! Te lo advierto, Lali —dijo mirándome—, no le pidas a Can que deje de verme porque te creas las gilipolleces de Peter. Date por avisada.
—No hacía falta, pero te lo agradezco —dije.
Intenté  tranquilizarlo  con  una  sonrisa,  pero  su  pesimismo  era  el  resultado  de  años  de  decepciones causadas por las jugarretas de Peter.
Candela  me  saludó  con  la  mano  y  se  fue  con  Agustin,  mientras  yo  me  encaminaba  a  la  clase  de  la tarde.  Entrecerré  los  ojos  ante  el  resplandor  del  sol  y  agarré  las  correas  de  mi  mochila.  Eastern  era exactamente lo que yo esperaba; desde las aulas más pequeñas hasta las caras desconocidas. Para mí era un  nuevo  comienzo;  finalmente  podía  ir  caminando  a  algún  sitio  sin  tener  que  aguantar  los  susurros  de quienes  lo  sabían  todo,  o  creían  saberlo,  sobre  mi  pasado.  Era  igual  que  los  demás  estudiantes  de primero  que  se  iban  a  clase  con  los  ojos  bien  abiertos  y  ansiosos  por  aprender;  nada  de  miradas, rumores, lástima o reprobación. Solo la impresión que yo quería causar: Mariana Esposito, Lali seria y vestida de cachemira.
Dejé la mochila en el suelo y me derrumbé en la silla antes de agacharme para sacar mi portátil del bolso. Cuando me incorporé para dejarlo en la mesa, Peter se sentó a la mesa de al lado.
—Bien. Puedes tomar apuntes por mí —dijo.
Mordió el boli que llevaba en la boca y lució su mejor sonrisa.
Lo miré con desprecio.
—Ni siquiera estás en esta clase.
—Cómo  que  no.  Suelo  sentarme  allí,  al  fondo  —dijo,  y  señaló  con  la  cabeza  la  fila  de  arriba.  Un pequeño grupo de chicas me miraba fijamente y vi una silla vacía en medio.
—No voy a tomar apuntes por ti —aclaré mientras encendía el portátil.
Peter se inclinó de tal manera que podía sentir su aliento sobre mi mejilla.

Continuará..

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lunes, 5 de agosto de 2013

Capítulo 1: "Bandera Roja"


Novela: "Maravilloso Desastre"
Capítulo 1: "Bandera Roja"
Todo en la sala proclamaba a gritos que yo no pintaba nada allí. Las escaleras se caían a pedazos; los ruidosos  asistentes  estaban  muy  juntos,  codo  con  codo,  en  un  ambiente  que  era  una  mezcla  de  sudor, sangre y moho. Sus voces se confundían mientras gritaban números y nombres una y otra vez, y movían los brazos en el aire, intercambiando dinero y gestos para comunicarse en medio del estruendo. Me abrí paso entre la multitud, siguiendo de cerca a mi mejor amiga.
—¡Guarda el dinero en la cartera, Lali! —me dijo Cande.
Su radiante sonrisa relucía incluso en la tenue luz.
—¡Quédate cerca! ¡Esto se pondrá peor cuando empiece todo! —gritó Agustín a través del ruido.
Cande le agarró la mano y luego la mía mientras Agus nos guiaba entre ese mar de gente.
El repentino balido de un megáfono cortó el aire cargado de humo. El ruido me sobresaltó y me hizo dar un respingo, buscar de dónde procedía ese toque. Había un hombre sentado en una silla de madera, con un fajo de dinero en una mano y el megáfono en la otra. Se llevó el plástico a los labios.
—¡Bienvenidos  al  baño  de  sangre!  Amigos  míos,  si  andabais  buscando  un  curso  básico  deeconomía…, ¡os habéis equivocado de sitio! Pero, si buscabais el Círculo, ¡estáis en la meca! Me llamo Adam. Yo pongo las reglas y yo doy el alto. Las apuestas se acaban cuando los rivales saltan al ruedo. Nada  de  tocar  a  los  luchadores,  nada  de  ayudas,  no  vale  cambiar  de  apuesta,  ni  invadir  el  ring.  Si  la cagáis y no seguís las reglas, ¡os vais derechitos a la puta calle sin dinero! ¡Eso también va por vosotras, jovencitas! Así que, chicos, ¡no uséis a vuestras zorritas para hacer trampas!
Agus sacudió la cabeza.
—¡Por Dios, Adam! —gritó en medio del estruendo al maestro de ceremonias, en claro desacuerdo con las palabras que había utilizado aquel.
El corazón me palpitaba en el pecho. Con una rebeca de cachemira color rosa y unos pendientes de perlas, me sentía como una maestra repipi en las playas de Normandía. Le prometí a Cande que podía enfrentarme  a  todo  lo  que  se  nos  viniera  encima,  pero  en  plena  zona  de  impacto  sentí  la  necesidad  de agarrarme a su flacucho brazo con las dos manos. Ella no me pondría en peligro, pero el hecho de estar en  un  sótano  con  unos  cincuenta  tíos  universitarios  y  borrachos,  decididos  a  derramar  sangre  y  ganar pasta, no me hacía confiar mucho en nuestras posibilidades de salir incólumes.
Desde  que Cande había  conocido  a  Agus en  la  sesión  de  orientación  del  primer  curso,  solía acompañarlo  a  las  peleas  clandestinas  que  tenían  lugar  en  los  diversos  sótanos  de  la  Universidad  de Eastern. Cada evento se llevaba a cabo en un lugar diferente y se mantenía en secreto hasta una hora antes de la pelea.
Como me movía en un entorno bastante más tranquilo, me sorprendió saber de un mundo clandestino en  Eastern;  pero  Agus  lo  conocía  incluso  antes  de  haberse  matriculado.

Peter,  compañero  de habitación y primo de Agus, participó en su primera pelea hacía siete meses. Se decía que él, ya como estudiante de primer año, había sido el rival más letal que Adam había visto en los tres años desde que había creado el Círculo. Al empezar el segundo curso,  Peter era invencible, de modo que las ganancias le permitían pagar sin problemas con su primo el alquiler y las facturas.
Adam  se  llevó  nuevamente  el  megáfono  a  los  labios;  el  ajetreo  y  los  gritos  aumentaron  a  un  ritmo febril.
—¡Esta  noche  tenemos  a  un  nuevo  adversario!  El  luchador  y  estrella  del  equipo  universitario  de Eastern, ¡Maximiliano Recca!
Las ovaciones continuaron y la multitud se separó como el mar Rojo cuando Maxi entró en la sala.
Se  formó  un  espacio  circular;  la  turba  silbó,  abucheó  y  se  burló  del  rival.  Él  daba  brincos,  sacudía  el cuello de un lado a otro; tenía el rostro serio y concentrado. La multitud se calmó con un sordo rugido, y luego me llevé las manos a los oídos cuando la música retumbó por los grandes altavoces al otro extremo de la sala.
—¡Nuestro siguiente adversario no necesita presentación, pero, como me da un miedo que te cagas, ahí  va  de  todos  modos!  ¡Temblad,  chicos,  y  quitaos  las  bragas,  señoritas!  Con  todos  vosotros:  ¡Peter Perro Loco Lanzani!
El volumen se disparó cuando Peter apareció por una puerta al otro lado de la sala. Hizo su entrada con el pecho desnudo, tranquilo y espontáneo. Caminó sin prisas hacia el centro del perímetro, como si llegara  al  trabajo  un  día  cualquiera.  Sus  músculos  fibrosos  se  estiraron  bajo  la  piel  tatuada  mientras chocaba los puños contra los nudillos de Maxi. Peter se inclinó hacia Maxi y le susurró algo al oído; el  luchador  mantuvo  con  gran  dificultad  su  expresión  severa. Ambos  contendientes  estaban  de  pie  uno frente  al  otro,  mirándose  directamente  a  los  ojos.  Maxi  tenía  una  mirada  asesina;  Peter  parecía ligeramente divertido.
Los dos hombres retrocedieron un poco; Adam hizo sonar la sirena del megáfono. Maxi adoptó una postura defensiva y Peter lo atacó. Al perder la línea de visión, me puse de puntillas, balanceándome de un lado a otro para observar mejor. Subía poco a poco, deslizándome entre la turba que gritaba. Recibí codazos en los costados y golpes de hombros que chocaban contra mí, y me hacían rebotar de aquí para allá como una bola de pinball. Empezaba a ver las cabezas de Maxi y Peter, así que seguí abriéndome paso hacia delante.
Cuando por fin alcancé la primera fila, Maxi cogió a Peter con sus fuertes brazos e intentó tirarlo al suelo. Cuando Maxi se inclinó hacia atrás con el movimiento, Peter estrelló la rodilla contra la cara de  su  rival.  Sin  darle  tiempo  a  recuperarse  del  golpe,  Peter lo  atacó;  sus  puños  alcanzaron  la  cara ensangrentada de Maxi una y otra vez. Cinco dedos se hundieron en mi brazo y me eché hacia atrás.
—¿Qué demonios estás haciendo, Lali? —preguntó Agus.
—¡No veo nada desde ahí atrás! —grité.
Me volví justo a tiempo para ver a Maxi lanzar un puñetazo. Peter se giró y por un momento pensé que solo había evitado el golpe, pero dio una vuelta completa, hasta clavar el codo derecho en el centro de la nariz de Maxi. La sangre me roció la cara y salpicó la parte superior de mi chaqueta. Maxi cayó al suelo de cemento con un ruido sordo y en un instante la sala se quedó en completo silencio.
Adam lanzó un pañuelo de tela escarlata sobre el cuerpo sin fuerzas de Maxi y la multitud estalló. El dinero cambió de manos una vez más y las expresiones se dividieron entre la suficiencia y la frustración. El vaivén de la gente me zarandeaba. Cande me llamó desde algún punto de la parte de atrás, pero yo estaba hipnotizada por el rastro de color rojo que iba del pecho a la cintura. Unas botas negras y pesadas se  pararon  frente  a  mí,  desviando  mi  atención  hacia  el  suelo.  Mis  ojos  volaron  hacia  arriba:  tejanos manchados de sangre, unos abdominales bien cincelados, un torso desnudo, tatuado, empapado de sudor y, finalmente, unos cálidos ojos azules. Alguien me empujó por detrás y Peter me tomó por el brazo antes de que cayera hacia delante.
—¡Eh! ¡Alejaos de ella! —exclamó Peter, con el ceño fruncido mientras apartaba a cualquiera que se me acercase.
Su expresión seria se fundió en una sonrisa al ver mi ropa y luego me secó la cara con una toalla.
—Lo siento, Paloma.
Adam le dio a Peter unas palmaditas en la cabeza.
—¡Vamos, Perro Loco! ¡Tu pasta te espera!
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—Vaya, qué lástima lo de la chaqueta. Te queda bien.
Acto seguido, fue engullido por sus fans y desapareció tal y como había llegado.
—¿En qué pensabas, idiota? —gritó Cande, tirándome del brazo.
—He venido aquí para ver una pelea, ¿no? —sonreí.
—Lali, ni siquiera deberías estar aquí —me regañó Agus.
—Cande tampoco —le contesté.
—¡Ella no intenta meterse en el ring! —dijo frunciendo el ceño—. Vámonos.
Cande me sonrió y me limpió la cara.
—Eres un grano en el culo, Lali. Dios, ¡cómo te quiero!
Me rodeó el cuello con el brazo y nos abrimos paso en dirección a las escaleras y hacia la noche.
Cande  me  acompañó  hasta  mi  cuarto  y  luego  se  burló  de  Euge,  mi  compañera  de  habitación. Enseguida me quité la rebeca ensangrentada y la arrojé al cesto de ropa sucia.
—Qué asco. ¿Dónde has estado? —preguntó Euge desde su cama.
Miré a Cande, quien se encogió de hombros.
—Ha  sangrado  por  la  nariz.  ¿Nunca  has  visto  uno  de  los  famosos  sangrados  de  nariz  de Lali?  —Euge se puso las gafas y negó con la cabeza—. Seguro que lo harás.
Me guiñó un ojo y luego cerró la puerta tras ella.
Menos de un minuto después, sonó mi móvil. Como de costumbre, Cande me enviaba un SMS a los pocos segundos de habernos despedido.

m kedo cn Agus, t veo mñn reina dl ring
Le eché una ojeada a Euge, quien me miraba como si mi nariz fuera a chorrear de un momento a otro.
—Era broma —le dije.
Euge asintió con indiferencia y luego bajó la mirada hacia los libros desordenados sobre su colcha.
—Creo que voy a darme una ducha —dije mientras cogía una toalla y mi neceser.
—Avisaré a los medios de comunicación —ironizó Euge, sin levantar la cabeza.

Continuará...

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domingo, 4 de agosto de 2013

MAÑANA COMIENZA "Maravilloso Desastre"



Mañana primer capítulo de la novela "Maravilloso Desastre" :) y a penas se termine que no es taaan larga subire la novela "Termine por amarte" Ambas novelas Laliter 

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