Novelita Laliter

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sábado, 21 de septiembre de 2013

Capítulo 42: "Te quiero"


Novela: "Maravilloso Desastre"
Capítulo 42:"Te quiero"
La noche fue larga. No dejé de mirar el reloj, y me sentía mal cada vez que veía que había pasado otra hora. No podía dejar de pensar en Peter y en si lo llamaría o no, preguntándome si él también estaría  despierto.  Finalmente,  como  último  recurso,  me  puse  los  auriculares  del  iPod  en  los  oídos  y escuché todas las canciones repugnantes de mi lista de reproducción a todo volumen.
Cuando  miré  el  reloj  por  última  vez,  eran  más  de  las  cuatro.  Los  pájaros  cantaban  ya  junto  a  mi ventana, y sonreí cuando empecé a notar los ojos pesados. Parecía que habían pasado solo unos minutos cuando oí que llamaban a la puerta, y Cande irrumpió en la habitación.
Me quitó los auriculares de los oídos y se dejó caer en mi silla de escritorio.
—Buenos días, encanto. Tienes un aspecto horrible —dijo ella. De su boca, salió una burbuja rosa, que hizo estallar ruidosamente.
—¡Cierra el pico, Cande! —dijo Euge desde debajo de las sábanas.
—Te das cuenta de que es inevitable que dos personas de carácter, como Peter y tú, se peleen, ¿no? —dijo Cande, mientras se limaba las uñas, sin dejar de mascar una enorme bola de chicle.
Me giré en la cama.                              
—Estás oficialmente despedida. Eres una conciencia terrible.
Se rio.
—Es que te conozco; si te diera mis llaves ahora mismo, irías conduciendo hasta allí.
—Desde luego que no.
—Lo que tú digas —contestó en tono cantarín.
—Son las ocho de la mañana, Can. Probablemente sigan desmayados.
En ese preciso momento, oí una tenue llamada a la puerta. El brazo de Euge salió despedido de debajo de la colcha y giró el pomo.
La puerta se abrió lentamente y vi a Peter en el umbral.
—¿Puedo entrar? —preguntó en voz baja y áspera. Los círculos púrpura de debajo de sus ojos daban cuenta de su falta de sueño, si es que había llegado a pegar ojo en algún momento.
Me senté en la cama, sorprendida por su aspecto exhausto.
—¿Estás bien?
Entró y cayó de rodillas delante de mí.
—Lo siento mucho, Lali, de verdad, lo siento —dijo él mientras me rodeaba con los brazos por la cintura, con la cabeza enterrada en mi regazo.
Mecí su cabeza en mis brazos y levanté la mirada hacia Cande.
—Eh… Creo que mejor me voy —dijo incómoda, mientras buscaba el pomo de la puerta.
Euge se frotó los ojos y suspiró; después cogió su neceser con las cosas para la ducha.
—Siempre estoy muy limpia cuando estás por aquí, Lali—gruñó ella, cerrando la puerta de un golpe tras de sí.
Peter me miró.
—Sé  que siempre me comporto como un loco cuando se trata de ti, pero Dios  sabe  que  lo  intento, Paloma. No quiero joder lo nuestro.
—Pues entonces no lo hagas.
—Esto es difícil para mí, ¿sabes? Siento que en cualquier segundo te vas a dar cuenta del pedazo de mierda que soy y me vas a dejar. Ayer, mientras bailabas, observé a una docena de tíos mirándote. Entonces te fuiste a la barra, y te vi dando las gracias a ese tío por la copa. Después, a ese imbécil de la pista de baile no se le ocurrió otra cosa que cogerte.
—Sí,  pero  yo  no  voy  dando  puñetazos  a  todas  las  chicas  que  hablan  contigo.  Además,  no  puedo quedarme encerrada en el apartamento todo el tiempo. Vas a tener que controlar ese mal carácter tuyo.
—Lo haré. Nunca antes había querido tener novia, Paloma. No estoy acostumbrado a sentir esto por alguien…, por nadie. Si eres paciente, te juro que encontraré el modo de manejarlo.
—Dejemos algo claro: no eres un pedazo de mierda, eres genial. Da igual que alguien me invite a una copa o a bailar, o que intenten flirtear conmigo. Con quien me voy a casa es contigo. Me has pedido que confíe en ti, pero tú no pareces confiar en mí.
Frunció el ceño.
—Eso no es verdad.
—Si crees que te voy a dejar por el primer chico que aparezca, entonces es que no tienes mucha fe en mí.
Me agarró con más fuerza.
—No soy lo bastante bueno para ti, Paloma. Eso no significa que no confíe en ti. Solo me preparo para lo inevitable.
—No  digas  eso.  Cuando  estamos  a  solas,  eres  perfecto.  Somos  perfectos.  Pero  después  dejas  que cualquiera  lo  arruine.  No  espero  que  cambies  completamente  de  la  noche  a  la  mañana,  pero  tienes  que elegir tus batallas. No puedes acabar peleándote cada vez que alguien me mire.
Él asintió.
—Haré todo lo que quieras. Solo… dime que me quieres.
—Sabes que es así.
—Necesito oírtelo decir —pidió, juntando las cejas.
—Te quiero —dije, mientras tocaba sus labios con los míos—. Ahora deja de comportarte como un crío.
Él se rio y se metió en la cama conmigo. Pasamos la hora siguiente sin movernos, bajo las sábanas, entre risas y besos, y apenas nos dimos cuenta de que Euge había regresado de la ducha.
—¿Podrías salir? Tengo que vestirme —dijo Euge a Peter, mientras se anudaba con más fuerza el albornoz.
Peter me besó en la mejilla y después salió al pasillo.
—Nos vemos en un segundo.
Me dejé caer sobre la almohada, mientras Euge rebuscaba en su armario.
—¿Por qué estás tan contenta? —rezongó ella.
—Por nada —respondí con un suspiro.
—¿Sabes  qué  es  la  codependencia,  Lali?  Tu  novio  es  un  ejemplo  de  manual,  lo  que  resulta escalofriante teniendo en cuenta que ha pasado de no tener respeto alguno hacia las mujeres a pensar que te necesita para respirar.
—Tal vez sea así —dije, resistiéndome a que me chafara el buen humor.
—¿No te preguntas a qué se debe? A ver…, se ha trajinado a la mitad de las chicas del campus. ¿Por qué tú?
—Dice que soy diferente.
—Por supuesto que sí, pero ¿por qué?
—¿Y a ti qué más te da? —le espeté yo.
—Es peligroso necesitar tanto a alguien. Tú intentas salvarlo y él espera que lo hagas. Son un auténtico desastre.
—Me da igual qué es o por qué ha surgido. Cuando todo va bien, Euge…, es maravilloso.
Ella puso los ojos en blanco.
—No tienes remedio.
Peter llamó a la puerta y Euge lo dejó entrar.
—Voy a la sala de estudio común. Buena suerte —dijo con la voz más falsa que podía impostar.
—¿A qué venía eso? —preguntó Peter.
—Me ha dicho que somos un desastre.
—Dime algo que no sepa —dijo sonriendo.
De repente, centró la mirada y me besó la suave piel de detrás de la oreja.
—¿Por qué no vienes a casa conmigo?
Apoyé la mano en su nuca y suspiré al notar sus suaves labios contra la piel.
—Creo que me voy a quedar aquí. Estoy constantemente en tu apartamento.
Levantó de golpe la cabeza.
—¿Y qué? ¿No te gusta estar allí?
Le toqué la mejilla y suspiré. Se preocupaba muy rápidamente.
—Claro que sí que me gusta, pero no vivo allí.
Me recorrió el cuello con la punta de la nariz.
—Te quiero allí. Te quiero allí todas las noches.
—No pienso mudarme contigo —dije negando con la cabeza.
—No te he pedido que te mudes conmigo. He dicho que quiero que estés allí.
—¡Es lo mismo! —dije riéndome.
Peter frunció el ceño.
—¿De verdad no vas a quedarte conmigo esta noche?
Dije que no con la cabeza y su mirada se perdió por la pared hasta llegar al techo. Casi podía oír los engranajes en el interior de su cabeza.
—¿Qué estás maquinando? —pregunté entrecerrando los ojos.
—Intento pensar en otra apuesta.

Continuará...
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Capitulo 41: "Celos"


Novela: "Maravilloso Desastre"
Capítulo 41:"Celos"
Un hombre vestido con toga se apoyó en la barra al lado de Candela y sonrió.
—Señoritas, ¿qué van a beber esta noche?
—Nos pagamos nuestras propias copas, gracias —dijo Cande, mirando hacia delante.
—Soy Mike —dijo él, y después señaló a su amigo—: Este es Logan.
Sonreí educadamente y miré a Cande, que puso su mejor cara de «largaos de aquí». La camarera nos preguntó qué queríamos y después asintió a los hombres que estaban detrás de nosotras, que se peleaban por hacerse cargo del pedido de Cande. Trajo un vaso cuadrado lleno de un líquido rosa y espumoso, y tres cervezas. Mike le entregó el dinero y ella asintió.
—Esto es alucinante —dijo Mike, mirando a la multitud.
—Sí —respondió Cande molesta.
—Te he visto bailando antes —me dijo Logan, señalando la pista de baile—. Estabas genial.
—Eh…, gracias —dije, intentando ser educada, pero consciente de que Peter estaba a unos pocos metros.
—¿Quieres bailar? —me preguntó él.
—No, gracias. Estoy aquí con mi…
—Novio —dijo Peter, apareciendo de la nada.
Lanzó una mirada asesina a los hombres que estaban delante de nosotros, y estos se alejaron un poco, claramente intimidados.
Cande no pudo contener su sonrisa petulante cuando Agus la rodeó con el brazo. Peter señaló el otro lado del local.
—Largo, ¿qué esperan?
Los hombres nos miraron a Cande y a mí, y después dieron unos cuantos pasos hacia atrás antes de refugiarse en la seguridad de la multitud.
Agus besó a Cande.
—¡No puedo llevarte a ningún sitio!
Ella soltó una risita tonta y yo sonreí a Peter, que me miraba furibundo.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué les dejaron que les pagaran las bebidas?
Cande se soltó de Agus, reparando en el mal humor de Peter.
—No les hemos dejado, Peter. Yo misma les dije que no lo hicieran.
Peter me cogió la botella que sujetaba en la mano.
—Entonces, ¿qué es esto?
—¿Lo dices en serio? —pregunté.
—Sí, lo digo muy en serio —dijo mientras tiraba la cerveza a la papelera que había junto a la barra—. Te lo he dicho cien veces… no puedes aceptar bebidas de cualquier tío. ¿Y si te han echado algo?
Candela levantó su bebida.
—No hemos perdido de vista las bebidas en ningún momento. Te estás pasando.
—No estoy hablando contigo —dijo Peter, mirándome fijamente a los ojos.
—¡Oye! —dije, enfadada—. No le hables así.
—Peter —le avisó Agus—, déjalo ya.


—No me gusta que aceptes que otros tíos te inviten a copas —dijo Peter.
Levanté una ceja.
—¿Intentas iniciar una pelea?
—¿Te gustaría llegar a la barra y verme compartir alguna copa con una chica?
Asentí una vez.
—Está bien. Ahora ignoras a todas las mujeres. Lo pillo. Debería hacer el mismo esfuerzo.
—Eso estaría bien —dijo, intentando claramente controlar su carácter.
Resultaba un poco desconcertante estar en el lado malo de su ira. Los ojos le brillaban todavía de rabia, y un ansia innata de contraatacar se apoderó de mí.
—Vas a tener que controlar ese rollo del novio celoso, Peter, no he hecho nada malo.
Peter me lanzó una mirada de incredulidad.
—¡Pero si he llegado aquí y me he encontrado con que un tío te estaba invitando a una copa!
—¡No le grites! —dijo Cande.
Agus apoyó la mano en el hombro de Peter.
—Todos hemos bebido mucho. Salgamos de aquí.
En esta ocasión, la habitual influencia calmante de Agus había perdido su efecto en Peter, y me agobió que su rabieta hubiera acabado con nuestra noche.
—Tengo que avisar a Pablo de que nos vamos —gruñí, dejando atrás a Peter de camino a la pista de baile.
Una mano cálida me rodeó la muñeca. Me giré en redondo y vi a Peter agarrándome sin ningún tipo de arrepentimiento.
—Iré contigo.
Retorcí el brazo para librarme de su sujeción.
—Soy totalmente capaz de caminar unos pocos metros yo sola, Peter. ¿Qué problema tienes?
Vislumbré a Pablo en el centro y me abrí paso a empujones hasta él.
—¡Nos vamos!
—¿Qué? —gritó Pablo por encima de la música.
—¡Peter está de un humor de perros! ¡Nos vamos!
Pablo puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza, a la vez que me decía adiós con la mano mientras me alejaba de la pista de baile. Justo cuando había localizado a Cande y a Agus, un  hombre disfrazado de pirata tiró de mí hacia atrás.
—¿Adónde crees que vas? —sonrió él, mientras chocaba contra mí.
Me reí y sacudí la cabeza por la mueca que estaba poniendo. Cuando ya me iba, me cogió el brazo. No tardé mucho en darme cuenta de que no me estaba cogiendo sin más, sino para buscar protección.
—¡Eh! —gritó él, mirando más allá de mí con los ojos como platos.
Peter le impedía llegar a la pista de baile y lanzó un puñetazo directamente a la cara del pirata. La fuerza del impacto nos envió a ambos al suelo. Con las palmas de la mano sobre el pavimento de madera, parpadeé asombrada y sin creer lo que pasaba. Cuando sentí algo cálido y húmedo en la mano, me volví y retrocedí. Estaba cubierta de la sangre de la nariz del hombre. Se tapaba la mano con la cara, pero el brillante líquido rojo le caía por el antebrazo mientras se retorcía de dolor en el suelo.
Peter se apresuró a recogerme, parecía tan conmocionado como yo:
—¡Oh, mierda! ¿Estás bien, Paloma?
Cuando me puse de pie, me solté el brazo que me estaba cogiendo.

—¿Te has vuelto loco?
Cande me cogió de la muñeca y tiró de mí entre la multitud hasta llegar al aparcamiento. Agus abrió las puertas y, cuando me acomodé en el asiento, Peter se volvió hacia mí.
—Lo siento, Paloma. No sabía que te estaba agarrando.
—¡Tu puño ha pasado a escasos centímetros de mi cara! —dije, cogiendo la toalla manchada de grasa que Agus me había lanzado. Asqueada, me sequé la sangre de la mano.
La seriedad de la situación me ensombreció el gesto, mientras él ponía expresión de sufrimiento.
—No me habría vuelto a pegarle un puñetazo si hubiera sabido que podía darte. Lo sabes, ¿no?
—Cállate, Peter. De verdad, será mejor que te calles —dije, con la mirada fija en la parte posterior de la cabeza de Agus.
—Paloma… —empezó a decir Peter.
Agus golpeó el volante con la parte inferior de la palma de la mano.
—¡Cierra el pico, Peter! Ya has dicho que lo sientes, ¡ahora cierra la puta boca!
Llegamos a casa en el más absoluto silencio. Agus echó hacia delante su asiento para dejarme salir del coche y miré a Cande, que asintió comprendiendo lo que le pedía.
Dio un beso de buenas noches a su novio.
—Nos vemos mañana, cariño.
Agus asintió resignado y la besó.
—Te quiero.
Pasé por delante de Peter para llegar al Honda de Cande, y él corrió hasta mi lado.
—Venga, no te vayas enfadada.
—No te preocupes, no me voy enfadada, sino furiosa.
—Necesita algo de tiempo para que la cosa se enfríe, Peter —le avisó Cande, cerrando la puerta.
Cuando la puerta del acompañante se abrió de golpe, Peter la sujetó y se apoyó contra ella.
—No te vayas, Paloma. Sé que me he pasado.
Levanté la mano y mostré los restos de sangre seca en la palma.
—Avísame cuando madures.
Se apoyó en la puerta con la cadera.
—No puedes irte.
Levanté una ceja, y Agus corrió rodeando el coche tras nosotras.
—Peter, estás borracho. Estás a punto de cometer un enorme error. Deja que se vaya a casa, relájate… Podéis hablar mañana cuando estés sobrio.
La expresión de Peter se volvió desesperada.
—No puede irse —dijo él, mirándome fijamente a los ojos.
—Esto no va a funcionar, Peter —dije tirando de la puerta—. ¡Apártate!
—¿Qué quieres decir con que no va a funcionar? —preguntó Peter, cogiéndome del brazo.
—Me refiero a tu cara de tristeza. No voy a picar —dije soltándome.
Agus observó a Peter durante un momento y, entonces, se volvió hacia mí.
—Lali…, este es el momento del que hablaba. Quizá deberías…
—No te metas, Agus —le espetó Cande, mientras ponía el coche en marcha.
—Voy a hacer una gilipollez. Voy a hacer muchas gilipolleces, Paloma, pero tienes que perdonarme.

—¡Mañana tendré un enorme moratón en el culo! Pegaste a ese chico porque estabas cabreado conmigo. ¿Qué quieres que piense? ¡Porque ahora mismo veo banderas rojas por todas partes!
—Nunca he pegado a una chica en mi vida —dijo él, sorprendido por mis palabras.
—¡Y no estoy dispuesta a ser la primera! —añadí, tirando de la puerta—. ¡Apártate, joder!
Peter asintió y después dio un paso atrás. Me senté al lado de Cande y cerré de un golpe la puerta.
Echó marcha atrás, y Peter se inclinó a mirarme a por la ventanilla.
—¿Me llamarás mañana, verdad? —suplicó, con la mano en el parabrisas.

—Vámonos ya, Can —dije, negándome a mirarlo a los ojos.

Continuará...
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Capitulo 40: "Defender lo mio"


Novela: "Maravilloso Desastre"
Capítulo 40: "Defender lo mio"
Con  una  sonrisa  malévola,  se dirigió hacia el extremo  de  la  mesa,  donde  estaba  sentado  Chris. El silencio se extendió por el local, y Chris tuvo que tragarse su propia risa.
—Oye, Peter, que solo estaba intentando picarte un poco —dijo, mirándolo.
—Discúlpate con Paloma —dijo Peter, fulminándolo desde arriba.
Chris me miró con una sonrisa nerviosa.
—Solo…, solo bromeaba, Lali. Lo siento.
Lo  observé  enfurecida,  mientras  levantaba  la  mirada  en  busca  de  la  aprobación  de  Peter.  Cuando
Peter se alejó, Chris se rio por lo bajo y después le susurró algo a Brazil. Se me desbocó el corazón cuando vi a Peter detenerse en seco y cerrar los puños.
Brazil meneó la cabeza y soltó un suspiro de exasperación.
—Chris, cuando despiertes, simplemente procura recordar una cosa…, esto te lo has buscado tú solito.
Peter levantó la bandeja de Pablo de la mesa, golpeó a Chris en la cara con ella, y lo tiró de la silla.
Chris intentó gatear hasta debajo de la mesa, pero Peter lo sacó cogiéndolo por las piernas y empezó a atizarle. Chris se hizo un ovillo y Peter le pateó la espalda.
Chris se arqueó y se volvió, apartando las manos, lo que permitió a Peter asestarle varios puñetazos en la cara. La sangre empezó a manar, y Peter se levantó sin resuello.
—Si alguna vez te atreves siquiera a mirar, pedazo de mierda, te romperé la puta boca, ¿lo entiendes?
—gritó Peter.
Cuando dio una última patada a Chris en la pierna, pegué un respingo.
Las trabajadoras de la cafetería se fueron a toda prisa, asustadas por las manchas de sangre en el suelo.
—Lo siento —dijo Peter, limpiándose la sangre de Chris de la mejilla.
Algunos  estudiantes  se  habían  levantado  para  ver  mejor;  otros  seguían  sentados,  observando  la escena  ligeramente  divertidos.  Los  miembros  del  equipo  de  fútbol  americano  se  limitaban  a  mirar  el cuerpo inerte de Chris en el suelo, mientras negaban con la cabeza.
Peter se dio media vuelta y Agus se quedó de pie, cogiendo al mismo tiempo mi brazo y la mano de Cande para hacernos cruzar la puerta detrás de su primo. Recorrimos la corta distancia que nos separaba de Morgan Hall, y Cande y yo nos sentamos en los escalones de la entrada, desde  donde observamos a Peter caminar de un lado a otro.
—¿Estás bien, Peter? —preguntó Agus.
—Dame… solo un minuto —dijo él, poniéndose las manos justo debajo de las caderas.
Agus hundió las manos en los bolsillos.
—Me sorprende que hayas parado.
—Paloma me ha dicho que le enseñara un poco de buena educación, Agus, no que lo matara. He necesitado toda mi voluntad para detenerme cuando lo he hecho.
Cande se puso las grandes gafas de sol cuadradas para levantar la mirada hacia Peter.
—De todos modos, ¿qué ha dicho Chris que te hiciera saltar así?
—Algo que nunca más volverá a decir —dijo Peter entre dientes.
Cande miró a Agus, que se encogió de hombros.
—Yo no lo he oído.
Peter volvió a cerrar los puños.
—Tengo que volver a entrar.
Peter me miró y se esforzó por calmarse.
—Ha dicho que… todo el mundo piensa que Paloma tiene…, joder, ni siquiera puedo decirlo.
—Dilo de una vez —murmuró Cande, mientras se mordía las uñas.
Pablo caminaba detrás de Peter, claramente encantado con tantas emociones.
—Todos los chicos heteros de Eastern quieren tirársela porque ha conseguido domar al inalcanzable Peter Lanzani—soltó sin más—. Eso es lo que están diciendo ahora mismo al menos.
Peter golpeó a Pablo con el hombro cuando pasó a su lado de camino a la cafetería. Agus salió disparado tras él y lo cogió del brazo. Me llevé las manos a la boca cuando Peter amagó con darle un puñetazo y Agus se agachó. Clavé los ojos en Cande, que no parecía afectada, acostumbrada como estaba a su rutina.
Solo se me ocurría una cosa para detenerlo. Bajé a toda prisa los peldaños y corrí hacia él. Entonces, salté sobre Peter y cerré las piernas alrededor de su cintura; él me agarró por los muslos, mientras yo lo cogía por ambos lados de la cara y le daba un largo y profundo beso en la boca. Pude notar cómo su ira se fundía mientras me besaba y, cuando me aparté, supe que había ganado.
—Nos da igual lo que piensen, ¿recuerdas? No puede empezar a importarnos ahora —dije, sonriendo confiada.
Tenía más influencia en él de la que jamás había creído posible.
—No puedo dejar que hablen así de ti, Paloma —insistió él con el ceño fruncido, mientras me volvía a dejar en el suelo.
Deslicé los brazos bajo los suyos y entrelazamos los dedos a su espalda.
—¿Así? ¿Cómo? Piensan que soy especial porque nunca antes habías sentado la cabeza. ¿Acaso no estás de acuerdo con eso?
—Pues claro que sí, pero no puedo aguantar la idea de que todos los chicos de la universidad quieran acostarse contigo sin más. —Apoyó su frente contra la mía—. Esto me va a volver loco. Seguro.
—No dejes que te afecten sus comentarios, Peter —dijo Agus—. No puedes pelearte con todo el mundo.
Peter suspiró.
—Todo el mundo… ¿Cómo te sentirías si todo el mundo pensara eso de Cande?
—¿Y quién dice que no es así? —dijo Cande, ofendida. Todos nos reímos, pero Cande torció el gesto—. No estaba bromeando.
Agus la consoló y la besó en la mejilla.
—Lo sé, nena. Pero renuncié a los celos hace mucho; si no lo hubiera hecho, no tendría tiempo para hacer nada más.
Cande sonrió como muestra de gratitud y entonces lo abrazó. Agus tenía una capacidad inigualable para hacer que todos los que estaban a su alrededor se sintieran bien, sin duda, una consecuencia de crecer con Peter y sus hermanos. Probablemente era más un mecanismo de defensa que otra cosa.
Peter me acarició la oreja con la nariz, y me reí hasta que vi a Gastón acercarse. Me inundó el mismo sentimiento de urgencia que había tenido cuando Peter quería volver a la cafetería, e inmediatamente me solté de Peter para recorrer rápidamente los tres metros aproximadamente que nos separaban e interceptar a Gastón.
—Necesito hablar contigo —dijo él.
Me volví a mirar detrás de mí y, entonces, dije que no con la cabeza como aviso.
—Este no es un buen momento, Gastón. De hecho, es muy poco oportuno. Peter y Chris tuvieron un rifirrafe en la comida, y él sigue muy sensible. Será mejor que lo dejes en paz.
Gastón miró fijamente a Peter y después volvió a centrarse en mí, decidido.
—Acabo de oír lo que ha pasado en la cafetería. Me parece que no eres consciente del berenjenal en el que te estás metiendo. Peter es un mal bicho, Lali. Todo el mundo lo sabe. Nadie comenta lo genial que es que lo hayas cambiado…, todo el mundo espera que haga lo que mejor se le da. No sé qué te habrá dicho, pero ni te imaginas qué tipo de persona es.
Noté las manos de Peter sobre los hombros.
—Bueno, ¿y a qué esperas para decírselo?
Gastón se movió nervioso.
—¿Sabes a cuántas chicas humilladas he llevado a casa después de que pasaran unas cuantas horas a solas en una habitación con él en alguna fiesta? Te hará daño.
Peter tensó los dedos como reacción, y yo le cogí la mano hasta que se relajó.
—Deberías irte, Gastón.
—Y tú deberías escucharme, La.
—No la llames así —gruñó Peter.
Gastón no apartó los ojos de mí.
—Estoy preocupado por ti.
—Te lo agradezco, pero no es necesario.
Gastón sacudió la cabeza.
—Te veía como un reto, Lali. Ha conseguido hacerte pensar que eres diferente de las otras chicas para poder echarte mano. Pero acabará cansándose de ti. Tiene una capacidad de atención propia de un niño pequeño.
Peter se puso delante de mí, tan cerca de Gastón que sus narices casi se tocaban.
—Te he dejado hablar, pero se me ha agotado la paciencia.
Gastón intentó mirarme, pero Peter se inclinó en su dirección.
—Que no la mires, joder. Mírame a mí, pedazo de mierda. —Gastón miró fijamente a Peter a los ojos y esperó—.  Como se te ocurra tan solo respirar en su dirección, me aseguraré de que llegues cojeando a la Facultad de Medicina.
Gastón retrocedió unos pasos hasta que pude verlo.
—Pensaba que eras más lista —dijo él, meneando la cabeza antes de girarse en redondo e irse.
Peter observó cómo se marchaba, y entonces sus ojos buscaron los míos.
—Sabes que no ha dicho más que gilipolleces, ¿no? Nada de eso es verdad.
—Estoy segura de que es lo que piensa todo el mundo —dije, dándome cuenta del interés que despertábamos en quienes pasaban a nuestro lado.
—Entonces les demostraré que se equivocan.
Durante la semana siguiente, Peter se tomó su promesa muy en serio. Ya no seguía la corriente a las chicas que lo paraban entre una y otra clase y, a veces, incluso era grosero. Cuando llegamos a la fiesta de Halloween del Red, estaba un poco preocupada por cómo mantener alejados a los compañeros ebrios.
Cande, Pablo y yo estábamos sentados en una mesa cercana, observando a Agus y a Peter jugar al billar contra dos de sus hermanos Sig Tau.
—¡Vamos, cariño! —gritó Cande, levantándose sobre los peldaños de su taburete.
Agus le guiñó el ojo, y entonces tiró y metió la bola en el agujero más alejado de la derecha.
—¡Bieeeen! —chilló ella.
Un trío de mujeres vestidas como los Ángeles de Charlie se acercaron a Peter, que estaba esperando su turno, y yo sonreí, mientras él hacía todo lo posible por ignorarlas. Cuando una de ellas le acarició el brazo siguiendo la línea de uno de sus tatuajes, Peter se apartó. Cuando le tocó lanzar, la echó y ella se fue haciendo pucheros con sus amigas.
—¿Te das cuenta de lo ridículas que son? Esas chicas no tienen vergüenza ni la conocen —dijo Cande.
Pablo sacudió la cabeza con asombro.
—Es Peter. Supongo que es el rollo del chico malo. O bien  quieren  salvarlo  o  creen  que  son inmunes a sus modos. No estoy seguro de por qué opción decantarme.
—Probablemente por ambas —dije riéndome y burlándome de las chicas que esperaban a que Peter les prestara algo de atención.
—¿Te imaginas tener que esperar a ser la elegida? ¿Saber que te van a usar para el sexo?
—Problemas con papá —dijo Cande, dando un trago a su bebida.
Pablo apagó el cigarrillo y nos tiró de los vestidos.
—¡Vamos, chicas! ¡El Pablo quiere bailar!
—Te acompaño solo si me prometes no volver a llamarte a ti mismo así —dijo Cande.
Pablo se mordió el labio inferior, y Cande sonrió.
—Venga, Lali. No querrás hacerme llorar, ¿verdad?
Nos unimos a los policías y vampiros que estaban en la pista de baile, y Pablo empezó a mostrar su repertorio de pasos a lo Justin Timberlake. Lancé una mirada a Peter por encima del hombro y lo pillé
mirándome  desde la esquina por el rabillo del ojo, mientras fingía observar a Agus meter la bola número ocho que le daba la partida. Agus recogió sus ganancias, y Peter se dirigió a la larga mesa, grande y baja, que estaba junto a la pista de baile, cogiendo una bebida de camino. Pablo se meneaba sin sentido en la pista de baile y, finalmente, se colocó entre Cande y yo. Peter puso los ojos en blanco, riéndose mientras volvía a nuestra mesa con Agus.
—Voy a por otra copa, ¿queréis algo? —gritó Cande por encima de la música.
—Iré contigo —dije, mientras miraba a Pablo y señalaba hacia la barra.
Pablo sacudió  la  cabeza  y  siguió  bailando. Cande  y  yo  nos  abrimos  paso  entre  la  multitud.  Los camareros estaban desbordados, así que nos preparamos para una larga espera.
—Los chicos están haciendo una masacre esta noche —dijo Cande.
Me acerqué a su oído.
—Nunca entenderé por qué alguien apuesta contra Agus.
—Por la misma razón que lo hacen contra Peter. Son idiotas —sonrió ella.

Continuará...
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